Análisis de un caso de neurosis obsesiva: Caso del Hombre de las Ratas
Análisis de un caso de neurosis obsesiva: Caso del Hombre de las Ratas
Un hombre joven, de formación universitaria, manifestando padecer representaciones obsesivas ya desde su infancia, pero con particular intensidad desde cuatro años atrás. El contenido principal de su dolencia era el temor de que les sucediera algo a las dos personas a las que más quería: su madre y la dama de sus pensamientos. Sentía, además, impulsos obsesivos, tales como el de cortarse el cuello con una navaja de afeitar, y se imponía prohibiciones que se extendían también a cosas triviales e indiferentes. Una cura hidroterápica en un balneario, pero sólo porque durante su estancia en el mismo halló ocasión de desarrollar una actividad sexual regular. En general, su vida sexual había sido muy limitada. Había desempeñado en ella muy escaso papel, y sólo a los dieciséis o los diecisiete años. Y hasta los veintiséis años no había conocido mujer. El paciente daba la impresión de ser un hombre de inteligencia despejada y penetrante. Preguntado por qué razón ha iniciado la anamnesis con informes sobre su vida sexual «elaboración mental» a la que él mismo sometía sus ideas y le decidieron a acudir a mi consulta. Iniciación del tratamiento. Tiene un amigo al que estima mucho. Siempre que se ve atormentado por un impulso criminal, acude a él y le pregunta si le desprecia considerándole como un delincuente. El amigo le da ánimos, asegurándole que es un hombre irreprochable, sujeto tan sólo desde su juventud a analizar sus actos con temeroso escrúpulo infundado. Análoga influencia hubo de ejercer antes sobre él otra persona: un estudiante que tenía diecinueve años cuando él catorce o quince, y cuya estimación elevó su opinión sobre sí mismo, hasta el punto de que llegó casi a creerse un genio. Varió bruscamente de actitud para con él, dándole a entender que era un inútil. Por fin advirtió que si antes le había mostrado simpatía había sido tan sólo para lograr su amistad y conseguir ser recibido en su casa, pues estaba enamorado de una de sus hermanas. Esta fue la primera grave desilusión de su vida. Sexualidad infantil. «Mi sexualidad fue muy precoz. Recuerdo una escena que hubo de desarrollarse teniendo yo de cuatro a cinco años -a partir de los seis poseo ya un claro y preciso recuerdo de mi vida-, y que surgió en mi memoria años después. Otros recuerdos más detallados de este género son ya posteriores a mis seis años. Teníamos entonces otra institutriz, también joven y bonita, que sufría de abscesos en las nalgas y se los curaba al acostarse, momento que yo esperaba con impaciencia para saciar mi curiosidad.Recuerdo también otra escena que debió de desarrollarse teniendo yo unos siete años. Cuando estaba acostada, me llegaba a su cama y la destapaba y la tocaba sin que protestase. No es muy inteligente y sí muy sexual. A los veintitrés años había tenido ya un hijo, cuyo padre se casó luego con ella. Todavía la veo alguna vez por la calle. A los seis años tenía ya frecuentes erecciones, y recuerdo haberme quejado alguna vez a mi madre de las molestias que me causaban, aunque no sin cierto temor, pues sospechaba la relación de aquel fenómeno con mis imaginaciones y mi curiosidad y andaba preocupado con la idea morbosa de que mis padres conocían mis íntimos pensamientos por haberlos revelado yo mismo en voz alta sin darme cuenta de ello. Veo aquí el comienzo de mi enfermedad. Había muchachas que me gustaban mucho y a las que deseaba ardientemente ver desnudas; pero tales deseos iban acompañados de una sensación de inquietud, como si por pensar aquellas cosas hubiera de suceder algo y tuviera yo que hacer todo lo posible para evitarlo.» «La idea de la muerte de mi padre me preocupó desde muy temprana edad y durante mucho tiempo, causándome gran tristeza.» En este punto me entero, para mi sorpresa, de que el padre del sujeto, al que todavía hoy se refieren los temores obsesivos que le atormentan, ha muerto hace ya varios años. Aquellos sucesos de sus seis o siete años que nuestro paciente nos describe en la primera sesión del tratamiento no constituyen tan sólo el comienzo de su enfermedad, sino ya la enfermedad misma, una neurosis obsesiva completa, a la que no falta ningún elemento esencial y que es, al mismo tiempo, el nódulo y el prototipo del padecimiento ulterior, constituyendo el organismo elemental, cuyo estudio es el único medio que puede aclararnos la complicada estructura de la enfermedad actual. Este deseo corresponde a la idea obsesiva ulterior, y si no entraña aún carácter obsesivo, es porque el yo no se ha situado todavía en franca contradicción con él y no lo siente como algo ajeno a sí mismo; pero ya se inicia, sin que sepamos de dónde procede, una oposición a tal deseo, pues un afecto penoso acompaña regularmente la aparición del mismo. En la vida anímica del pequeño voluptuoso hay un conflicto. Junto al deseo obsesivo existe un temor obsesivo íntimamente enlazado a él. Siempre que el sujeto piensa algo relacionado con su deseo, surge en él el temor de que va a suceder algo terrible, y este algo reviste ya una indeterminación característica concomitante siempre a las manifestaciones de la neurosis. «Si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá.» Hallamos, pues, un instinto erótico y una rebelión contra él mismo, un deseo (no obsesivo aún) y un temor contrario (obsesivo ya), un afecto penoso y un impulso a la adopción de medidas defensivas; esto es, el inventario completo de la neurosis. Y todavía algo más: una especie de delirio o manía de contenido singular, según el cual sus padres conocían sus más íntimos pensamientos, porque él mismo los revelaba en voz alta sin darse cuenta. Vemos claramente que esta neurosis elemental e infantil entraña ya su problema y se muestra aparentemente absurda, como toda neurosis complicada de un adulto. Aplicando a este caso de neurosis infantil conocimientos logrados en otros, hemos de suponer que también aquí, o sea con anterioridad a los seis años, han existido sucesos traumáticos, conflictos y represiones que han sucumbido luego a la amnesia, pero dejando como residuo aquel contenido del temor obsesivo. Al contrario de lo que en la histeria sucede, jamás falta en ellos una actividad sexual prematura. La neurosis obsesiva deja ver, mucho más claramente que la histeria, cómo los factores que integran las psiconeurosis no deben buscarse en la vida sexual actual, sino en la infantil. La vida sexual actual de los neuróticos obsesivos puede parecer muchas veces, a un observador superficial, absolutamente normal, pues ofrece frecuentemente menos factores patógenos y menos anormalidades que la de nuestro paciente. El gran temor obsesivo. «Comenzaré hoy con el suceso que me decidió a acudir a su consulta. Era en agosto, y me encontraba en X, cumpliendo el período anual de servicio militar como reservista. Venía sintiéndome muy deprimido, y me atormentaba con toda clase de ideas obsesivas, las cuales fueron desapareciendo luego durante las maniobras. Me interesaba demostrar a los oficiales que no sólo era uno un hombre de estudio, sino también un buen soldado capaz de resistir las fatigas de la vida militar. Un día hicimos una marcha no muy prolongada partiendo de X. En un descanso perdí mis lentes, y aunque no me hubiera sido fácil encontrarlos buscándolos con algún detenimiento, renuncié a ello, no queriendo dilatar la partida, y telegrafié a mi óptico de Viena para que me enviase otros. Durante el mismo descanso había estado sentado entre dos oficiales, uno de los cuales, un capitán de apellido checo, había de adquirir gran importancia para mí. Este individuo me inspiraba cierto temor, pues se mostraba manifiestamente inclinado a la crueldad. No quiero afirmar que fuese un malvado, pero en sus conversaciones se había mostrado repetidamente partidario de los castigos corporales, habiendo yo combatido varias veces su opinión con acaloramiento. En este descanso volvimos a entablar conversación y el capitán contó haber leído que en Oriente se aplicaba un castigo singularmente espantoso.» Puesto que la superación de la resistencia era un mandato ineludible a la cura.En este punto interrumpió el paciente su relato para indicarme cuán ajenos y opuestos a su verdadera personalidad eran tales pensamientos y con qué extraordinaria rapidez se desarrollaba en él todo lo que a ellos se enlazaba. Simultáneamente, a la idea surgía siempre la «sanción»; esto es, la medida de defensa que había de poner en práctica para que la fantasía no se cumpliera. El plural «ambas» hubo de extrañarme, como sin duda habrá extrañado al lector, pues el paciente no había referido más que una: la de que el tormento de las ratas era aplicado a la señora de sus pensamientos. Mas ahora hubo de confesar que simultáneamente a esta idea había surgido en él la de que el tormento se extendía también a su padre. En el mismo instante surgió en él una «sanción»: No devolveré el dinero, pues si lo hacía, sucedería aquello (se realizaría en su padre y en la señora la fantasía de las ratas). Al final de esta segunda sesión el sujeto se conducía como aturdido y enajenado, llamándome repetidamente «mi capitán», sin duda porque al principio de la sesión le había dicho que yo no era un hombre cruel como el capitán de su historia y no tenía la menor intención de atormentarle innecesariamente. En esta sesión me explicó también que, desde un principio, y ya en los primitivos temores de que les ocurriese algo a las personas de su particular afecto, había situado tales castigos no sólo en lo temporal, sino también en la eternidad en el más allá. Hasta los catorce o los quince años había sido muy religioso, evolucionando desde entonces hacia su actual incredulidad. En la tercera sesión completó el relato, muy característico, de sus esfuerzos por cumplir su juramento obsesivo. Estos últimos detalles me proporcionaron un punto de apoyo para desentrañar las deformaciones de su relato. Si al ser llamado a la razón por su amigo no había ya girado la pequeña suma al teniente A. ni tampoco al teniente B., sino directamente a la oficina de Correos, tenía que saber y haber sabido ya antes de su partida que sólo a la empleada de Correos, y a nadie más, adeudaba el importe del reembolso. Se haría dar por un médico un certificado de que para su restablecimiento le era necesario llevar a cabo, con el teniente A., aquella serie de actos que había proyectado, y seguramente tal certificado movería al oficial a aceptar de él las 3,80 coronas. Introducción sobre la naturaleza de la cura. El sujeto se reprochó no haber estado al lado de su padre en el momento de la muerte, y más duramente aun cuando la enfermera le dijo que antes había pronunciado el enfermo su nombre, y al acercarse ella le había preguntado: «¿Eres Pablo?».La primera consecuencia de este acceso fue una grave incapacidad para el trabajo. Como el sujeto afirmase que sólo le habían sostenido por entonces los consuelos de su amigo, que le hacía ver la insensata exageración de sus reproches, aproveché la ocasión para procurarle una primera visión de las premisas de la terapia psicoanalítica. Cuando existe una disparidad entre el contenido ideológico y el afecto, o sea entre la magnitud del reproche y su causa, el profano diría que el afecto era demasiado intenso, exagerado, por tanto, y falsa, en consecuencia, la conclusión de ser un criminal, deducida del reproche. El contenido ideológico conocido ha pasado a ocupar tal lugar por una asociación errónea. Pero no estamos acostumbrados a sentir en nosotros afectos intensos sin contenido ideológico, y, por tanto, cuando tal contenido nos falta, echamos mano de otro cualquiera, adecuado, como subrogado. El hecho de la falsa asociación es también lo único que puede explicar la impotencia de toda labor lógica contra la representación penosa. En la sesión siguiente mostró gran interés por mis explicaciones, aunque se permitió manifestar. Le expliqué las ligeras indicaciones que le había dado sobre las diferencias psicológicas entre lo Consciente y lo inconsciente y sobre la merma a la que está sometido todo lo consciente, en tanto que lo inconsciente permanece relativamente inmutable, sirviéndome de una comparación con las antigüedades que decoraban mi gabinete en consulta. En la naturaleza misma de las circunstancias estaba que el afecto quedase dominado ya durante la labor analítica en la mayoría de los casos. Se había dicho que un reproche sólo podía surgir por la transgresión de las leyes morales más íntimamente personales, y no de las exteriores. Existía, desde luego, una disociación de la personalidad, pero debía fundir esta nueva antítesis, por él anunciada, entre la persona moral y el mal, con aquella otra de la que antes habíamos hablado, entre lo consciente y lo inconsciente. La persona moral sería lo consciente y el mal lo inconsciente. Lo inconsciente era lo infantil y precisamente aquella parte de la persona que en dicha época se separaba de ella, no acompañándola en el resto de la evolución y quedando por ello reprimida. Las ramificaciones de este inconsciente reprimido eran los elementos que mantenían aquella labor mental involuntaria, en la que consistía su dolencia. Ahora podía descubrir también por sí mismo otro carácter de lo inconsciente. Por mi parte, no negaba la gravedad de su caso y la importancia de sus construcciones mentales; pero su edad era muy favorable, como también lo intacto de su personalidad. En relación con esto, expresé un juicio favorable sobre él, que le satisfizo visiblemente.Como ya me había dicho, a los siete años le atormentaba la temerosa preocupación de que sus padres adivinaban sus pensamientos, preocupación que, en realidad, no se había disipado luego por completo en su vida ulterior. A los doce años se había enamorado de una niña, hermana de un amigo (enamoramiento no sexual, pues no deseaba verla desnuda, quizá porque era demasiado pequeña), pero que nos mostraba tan cariñosa con él como él hubiera deseado. Entonces se le ocurrió la idea de que, si la sucediera una desgracia, la niña le trataría con mayor ternura, y, como tal desgracia, surgió inmediatamente en su imaginación la muerte de su padre. El infantil sujeto rechazó en el acto con toda energía tal idea, y todavía actualmente se defiende contra la posibilidad de haber concebido semejante deseo, aduciendo que, en todo caso, se habría tratado de una mera asociación mental. Haciéndole observar que la idea de la muerte del padre no debió de surgir en aquella ocasión por vez primera en su pensamiento, sino que procedía, evidentemente, de muy atrás, y habríamos de investigar más tarde su procedencia. Entonces su idea había sido la de que la muerte del padre le haría rico, permitiéndole casarse con su adorada. Su repulsa contra tal idea fue tan violenta, que llegó hasta el deseo de que su padre no dejara la menor fortuna, para que nada pudiera compensarle a él de tan terrible pérdida. La misma idea, aunque más apagada, surgió por tercera vez la víspera de la muerte del padre. El sujeto extrañaba mucho tales pensamientos, pues estaba plenamente seguro de que la muerte del padre no había podido ser jamás el contenido de un deseo, y sí tan sólo el de un temor. Afirma ésta que semejante angustia corresponde a un deseo pretérito y reprimido ahora, debiéndose, por tanto, aceptar precisamente lo contrario de lo que parece acentuar. Afirmación teórica de que lo inconsciente ha de ser la antítesis contradictoria de lo consciente. El sujeto se muestra muy impresionable, pero también muy incrédulo, y extraña mucho que aquel deseo haya podido surgir en él cuando su padre era precisamente la persona que más cariño le inspiraba. Le respondo que justamente tan intenso cariño es la condición necesaria del odio reprimido. Si se tratara de una persona indiferente, le sería fácil mantener yuxtapuestos los motivos de una inclinación moderada y un moderado desvío. Así, pues, precisamente un amor muy intenso no permite que el odio, el cual ha de tener alguna fuente, permanezca consciente. En su caso, constituía, desde luego, un problema averiguar la procedencia de aquel odio, pero sus mismas manifestaciones indicaban claramente como época de su aparición aquella en la que había temido que sus padres adivinasen sus pensamientos. Por otro lado, se podía preguntar también por qué su intenso cariño no había podido extinguir el odio, como sucede habitualmente cuando se enfrentan dos impulsos opuestos.Así, pues, por un lado, tal relación impedía que el odio contra el padre fuera destruido por el cariño, y, por otro, el cariño estorbaba que el odio se hiciera consciente, de manera que al odio sólo le quedaba un camino: seguir subsistiendo en lo inconsciente, del cual le era posible. Sujeto continúa, pues - sin enlazar en apariencia sus palabras a las inmediatamente anteriores-, manifestando que siempre había sido el mejor amigo de su padre, como éste el suyo, coincidiendo en todo, salvo en algún tema del que evitaban. Hablar, de tal modo que la intimidad que entre ellos había reinado superaba en mucho a la que ahora presidía las relaciones con su mejor amigo. Sus impulsos sensuales habían sido, en general, mucho más intensos durante su infancia que en la época de la pubertad. Le hago observar que ha dado ya la respuesta que esperábamos, descubriendo con ella el tercer carácter principal de lo inconsciente. La fuente de la cual extraía la hostilidad contra el padre su indestructibilidad se hallaba relacionada evidentemente, con deseos sensuales, para cuya satisfacción habría él de haber visto en algún modo en su padre un estorbo. Tal conflicto entre la sensualidad y el amor filial es absolutamente típico. Las pausas a que antes había aludido se debían al hecho de que la explosión precoz de su sensualidad había traído consigo, como primera consecuencia, un apaciguamiento de la misma. Pero se trataba de un deseo reprimido macho tiempo atrás, contra el cual no le era posible ya conducirse de distinto modo y que, por tanto, quedó sustraído a la destrucción. Aquel deseo de hacer desaparecer al padre para que dejase de ser un estorbo había tenido que nacer en tiempo en que las circunstancias eran muy otras; esto es, quizá cuando el padre no le era tan querido como la persona sensualmente deseada, o cuando él mismo no era capaz aún de una decisión clara y concreta; esto es, en su temprana infancia, antes de los seis años, fecha a partir de la cual adquirió ya continuidad su memoria En la sesión siguiente, la séptima, recoge el sujeto nuevamente el mismo tema. No podía creer haber abrigado jamás aquel deseo hostil al padre. El sujeto quiere ahora hablar de un acto delictivo en el que no se reconoce, pero que recuerda con toda claridad. Con mi hermano menor, al cual me une ahora un gran cariño, y que precisamente en estos días me tiene muy preocupado, pues quiere hacer una boda que a mí me parece un disparate y ya se me ha ocurrido más de una vez tomar el tren y asesinar a su novia para impedirle que se case con ella; con mi hermano menor, decía, me he pegado muchas veces de niño. Pero, sin embargo, nos queríamos mucho y éramos inseparables, aunque yo tenía intensos celos de él, pues era más fuerte y más guapo que yo y todos le querían más. A mis ocho años hice lo siguiente: Teníamos unas escopetas de juguete. Cargué la mía con la baqueta, dije a mi hermano que si miraba por el cañón vería algo muy bonito, y cuando estaba mirando disparé. La baqueta le dio en la frente sin hacerle nada, pero mi intención había sido hacerle mucho daño. Aprovecho la ocasión favorable a mi causa: si había conservado en su memoria un hecho tan contrario a su verdadera personalidad, no podía ya negar la posibilidad de que en años todavía más tempranos hubiera realizado algo análogo contra su padre, que hoy ya no recordase. El sujeto manifiesta que recordaba también otros impulsos de venganza contra aquella señora de la que tan enamorado estaba y de cuyo carácter desarrolla ahora una entusiasta descripción, afirmando que no le era fácil amar y se reservaba para aquel al que hubiera de pertenecer un día. También en esta fantasía encuentra, como en el atentado contra su hermano, el matiz de cobardía que tanto le repugna. En el curso de mi conversación con él le advierto que, lógicamente, ha de considerarse por completo irresponsable de tales rasgos de su carácter, pues semejantes impulsos reprochables proceden todos de la vida infantil, correspondiendo a ramificaciones del carácter infantil subsistentes en lo inconsciente, y como él sabe muy bien, no es posible atribuir al niño una responsabilidad ética. De la suma de las disposiciones del niño nace en el curso del desarrollo el hombre éticamente responsable. Alega todavía que su enfermedad se ha intensificado en grado sumo desde la muerte de su padre, y en este punto le doy la razón, en cuanto reconozco la tristeza provocada por la muerte de su padre, como fuente principal de la intensificación de la enfermedad. En tanto que un duelo normal se extiende en uno o dos años, una tristeza patológica como la suya puede alcanzar duración ilimitada. Coincide aproximadamente con la exposición del tratamiento, el cual se extendió a través de once meses. Como es sabido, las ideas obsesivas se muestran inmotivadas o disparatadas, y la primera labor que plantean es la de darles un sentido y un lugar en la vida anímica del individuo, de modo que resulten comprensibles e incluso evidentes.Las ideas obsesivas más insensatas o extravagantes llegan a ser solucionadas por medio de una labor adecuadamente profunda. Ahora bien: a esta solución sólo se llega una vez que se logra relacionar cronológicamente las ideas obsesivas con la vida del paciente. Podemos convencernos fácilmente de que una vez conseguido el descubrimiento de la relación de la idea obsesiva con la vida del enfermo, se hace en el acto accesible a nuestra penetración todo lo enigmático e interesante que el producto patológico analizado entraña, o sea su significación, el mecanismo de su génesis y su procedencia de las fuerzas instintivas psíquicas dominantes. Nuestro sujeto perdió unas cuantas semanas de estudio por causa de la ausencia de la señora de sus pensamientos, que había salido de viaje para cuidar a su abuela enferma. Hallándose celosamente consagrado al estudio se le ocurrió de pronto: «No es difícil cumplir el mandato de presentarse bien preparado a los próximos exámenes. Pero ¿qué sucedería si se te impusiera la decisión de cortarte el cuello con la navaja de afeitar?» En el acto advirtió que aquella decisión se le acababa de imponer efectivamente; fue a su armario para coger la navaja, pero entonces pensó: «No, no es tan sencillo Tienes que asesinar primero a la vieja esa que te ha separado de tu amada.» Aterrado ante tan criminales estímulos, le flaquearon las piernas y cayó redondo al suelo. » Algo análogo, pero mucho más intenso, fue lo que apareció en nuestro paciente: un acceso inconsciente de cólera, que, junto con la nostalgia de la mujer amada, halló su expresión en la exclamación siguiente: «¡Quisiera ir allí y asesinar a esa vieja, que me priva de la vista de la mujer a quien quiero!» Inmediatamente sigue el mandato punitivo: «Mátate tú para castigarte de tales impulsos coléricos y asesinos»; y todo el proceso penetra entonces con violentísimo afecto y en sucesión inversa. Otro impulso de mayor duración a un suicidio indirecto fue más difícil de aclarar porque pudo ocultar su relación con la vida del paciente detrás de una de aquellas asociaciones externas que tan rechazables parecen a nuestra conciencia. Un día, hallándose en una estación veraniega, surgió de repente en su pensamiento la idea de que estaba demasiado grueso y tenía que adelgazar. Detrás de esta manía de adelgazar apareció también una vez, sin velo alguno, el propósito suicida, cuando hallándose al borde de un precipicio se le impuso el mandamiento de arrojarse a su fondo. La solución de estos disparatados actos obsesivos se ofreció luego a nuestro paciente al ocurrírsele de pronto que por aquellos días se hallaba también en la misma estación veraniega la dama de sus pensamientos, pero acompañada de un inglés, primo suyo, que la cortejaba, inspirando intensos celos al sujeto.Los impulsos homicidas de nuestro paciente se dirigieron entonces hacia este Dick, del cual estaba mucho más celoso de lo que él mismo se confesaba, y tal fue la razón de que se impusiera como autocastigo la cura de adelgazamiento. Aunque este impulso obsesivo parece diferente del anterior mandamiento directo de suicidio, comparte con él un rasgo importantísimo; su génesis como reacción a una violenta cólera, no aprehensible en su totalidad por la conciencia, contra una persona que constituye un obstáculo al amor del sujeto. Otras representaciones obsesivas nuevamente orientadas hacia la persona de su amada muestran mecanismos distintos y diferentes procedencias instintivas. Durante la estancia de su amada en su residencia veraniega, el sujeto produjo, además de aquella manía de adelgazar, toda una serie de actividades obsesivas que, por lo menos parcialmente, se referían a la persona amada. Era ésta una especie de obsesión protectora, que produjo distintos actos. Otra vez, durante una tormenta, se le impuso la obsesión de llegar a contar hasta 40o 50entre el relámpago y el trueno, sin saber en absoluto por qué había de hacerlo. El día en que su amada se marchó, el sujeto tropezó en una piedra de la calle y tuvo que apartarla a un lado porque se le ocurrió que, al cabo de pocas horas, pasaría por allí el coche de su amada y podía tropezar y volcar en aquellas piedras. Pero minutos después pensó que todo aquello era un disparate, y tuvo que volver y colocar de nuevo la piedra en el lugar que antes ocupaba en medio de la calle. Después de la partida de su amada se apoderó de él una obsesión de comprensión, que le hizo insoportable a los suyos, pues se obligaba a comprender exactamente cada una de las sílabas pronunciadas por los que a él se dirigían, como si de otro modo se le escapara un gran tesoro. En consecuencia; preguntaba y una y otra vez: «¿Qué has dicho?» Y cuando se lo repetían pretendía que la primera vez habían dicho otra cosa y permanecía insatisfecho. Todos estos productos de la enfermedad dependen de un suceso que dominaba por entonces sus relaciones con su amada. Cuando a principios de verano se despidió de ella en Viena, interpretó cierta frase suya en el sentido de que ella trataba de negar ante la sociedad allí reunida sus relaciones de amistad con él, y ello le hizo sentirse desdichado. La obsesión de comprender alude directamente a este suceso, presentándose estructurada como si el paciente se hubiese dicho: Después de semejante experiencia, debes procurar no interpretar erróneamente las palabras de nadie si quieres ahorrarte muchos disgustos inútiles. Pero semejante propósito queda, no sólo generalizado, sino también -quizá a causa de la ausencia de la mujer amada desplazado desde su persona a todas las demás, mucho menos interesantes. La obsesión puede haber surgido de la satisfacción que las explicaciones de su amada despertaron en el sujeto, pero, indudablemente, expresa también, al mismo tiempo, algo distinto, pues culmina en dudas desplacientes sobre la exacta reproducción de lo escuchado. Los demás mandamientos obsesivos nos ponen sobre la pista de este otro elemento. La obsesión protectora puede sólo significar una reacción -remordimiento y penitencia contra un impulso antitético, y, por tanto, hostil, orientado hacia la persona amada antes de sus explicaciones. La obsesión de contar que hubo de acometerle durante la tormenta queda interpretada, con ayuda del material ya acumulado, como una medida defensiva contra temores que significan un peligro de muerte. Los impulsos hostiles de nuestro paciente son singularmente violentos -como accesos de insensata cólera-, y hallamos luego que dicha cólera contra su amada continúa procurando, después de la reconciliación, sus aportaciones a los productos obsesivos. En nuestro enamorado se libra un violento combate entre el amor y el odio, orientados ambos hacia la misma persona, y este combate queda plásticamente representado en el acto obsesivo, importante también como símbolo, de apartar del camino la piedra y anular luego aquel acto amoroso, llevando de nuevo el peligroso obstáculo al lugar que ocupaba, para que el coche de su amada tropiece en él y vuelque. El hecho de haber sido llevado a cabo también bajo una coerción obsesiva delata que es por sí mismo una parte de la actividad patológica, aunque condicionada por la antítesis del motivo de su primera parte. Presentan especial interés erótico porque nos muestran un nuevo tipo de la formación de síntomas. El conflicto entre el amor y el odio halló todavía en nuestro paciente otros distintos medios expresivos. En la época en que volvió a sentirse religioso se impuso la obligación de rezar, y el tiempo que a ello dedicaba fue siendo cada vez más largo, prolongándose hasta hora y media, pues siempre se introducía en sus plegarias algo que las convertía en lo contrario. Si, por ejemplo, decía: «Dios le proteja», el espíritu maligno le añadía en el acto un 'no'. La señora de sus pensamientos había rechazado, diez años antes, su primera declaración amorosa, y a partir de aquella fecha el sujeto vivía, alternativamente, períodos en los que creía amarla intensamente y otros en los que le inspiraba una absoluta indiferencia. Durante el curso del tratamiento, siempre que había de dar algún paso que le aproximaba a la meta de sus pretensiones, su resistencia se exteriorizaba habitualmente en la convicción de que en realidad no la quería, convicción que, sin embargo, no tardaba en desaparecer. En otras fantasías, en las que se le presentaba ocasión de hacer a su amada un importante servicio sin que la misma supiera que era a él a quien se lo debía, el paciente reconoció tan sólo el cariño que aquella mujer le inspiraba y no los sentimientos hostiles que aquel cariño mantenía reprimidos. Por lo demás, confesaba que en ciertas ocasiones sentía claros impulsos de causar algún mal a su adorada. Tales impulsos se apaciguaban, por lo general, en presencia de la misma y sólo lejos de ella surgían. La causa precipitante de la enfermedad. En la histeria es regla general que los motivos recientes de la enfermedad sucumben a la amnesia lo mismo que los sucesos infantiles con cuyo auxilio transforman aquéllos su energía afectiva en síntomas. En semejante amnesia vemos la prueba de una represión anterior. Otra cosa sucede generalmente en la neurosis obsesiva. Las premisas infantiles de la neurosis pueden haber sucumbido a una amnesia, incompleta a menudo muchas veces; pero, en cambio, los motivos recientes de la enfermedad aparecen conservados en la memoria. La represión ha utilizado aquí un mecanismo diferente y, en realidad, más sencillo. En lugar de olvidar el trauma, le ha despojado de su carga de afecto, de manera que en la conciencia queda tan sólo un contenido ideológico indiferente y juzgado insignificante. No es, pues, nada raro que los enfermos de neurosis obsesiva atormentados por autor reproches y que han enlazado sus afectos a motivos erróneos, comuniquen al médico los verdaderos, sin sospechar que sus reproches corresponden a ellos, hallándose tan sólo desconectados de los mismos. En estas ocasiones suelen exclamar, asombrados e incluso jactanciosos, que aquello no tiene para ellos la menor importancia. La tendencia de tal desplazamiento era suficientemente visible: si dejaba el reproche allí donde era justificado tenía que renunciar a una satisfacción sexual a la que le impulsaban, seguramente, enérgicas determinantes infantiles. Con auxilio de una fantasía de transferencia vivió como presente y actual algo pretérito y olvidado o de lo que no había llegado a tener conciencia. El complejo paterno y la solución de la idea de las ratas. Se hallaba en una situación tal como sabía o sospechaba que su padre se había hallado antes de su matrimonio, y le era posible así identificarse con él. Todavía en otra forma intervenía el padre fallecido en la reciente explosión de la enfermedad. El conflicto patológico era, en esencia, una lucha entre la voluntad superviviente del padre y la inclinación amorosa del paciente. Según todos los informes, el padre de nuestro enfermo había sido un hombre excelente. Este carácter no queda ciertamente, contradicho, sino más bien completado, por el hecho de que solía ser violento y fácilmente irritable, circunstancia que valió a sus hijos, mientras fueron pequeños y traviesos, sensibles correctivos.De este punto debía depender que el niño pensara con intensidad indebida e inhabitual en la muerte de su padre, que tales ideas emergieran en el contenido lateral de sus ideas obsesivas infantiles y que llegara a desear que su padre muriera para que cierta muchachita, compadecida por su desgracia, se mostrase más cariñosa con él. No cabe duda de que en el terreno de la sexualidad existía alguna diferencia entre el padre y el hijo, ni tampoco de que el padre había llegado a colocarse enfrente de la sensualidad precoz de su hijo. Años después de la muerte del padre, y cuando el hijo conoció por vez primera el placer del coito, surgió en él la idea de que aquel goce era algo tan extraordinario, que merecía la pena de asesinar a su padre para conseguirlo. Esta idea era al mismo tiempo un eco y una intensificación de sus ideas obsesivas infantiles. A estos puntos de apoyo, perfectamente firmes, viene a añadirse otro cuando tenemos en cuenta la historia de la actividad sexual onanista de nuestro paciente. Hallamos en este terreno una diferencia de criterio entre los médicos y los enfermos. Estos últimos se muestran unánimes en considerar como raíz y fuente de todos sus padecimientos el onanismo, refiriéndose con él a la masturbación de la pubertad. Pero tal onanismo no es en realidad otra cosa que la reviviscencia del onanismo de la edad infantil, desatendido hasta ahora y que alcanza un punto culminante a los tres, los cuatro o los cinco años, y este onanismo es ciertamente la manifestación más precisa de la constitución sexual del niño, en la cual buscamos también nosotros la etiología de las neurosis ulteriores. Así, pues, los enfermos acusan realmente por tal camino indirecto a su sexualidad infantil, y en ello tienen razón que les sobra. En cambio, el problema del onanismo se hace insoluble cuando se quiere considerar a este último como una unidad clínica y se olvida que representa la derivación de los más diversos componentes sexuales y de las fantasías por ellas alimentadas. Esencialmente coincide con la significación patógena de la vida sexual esto es, no pueden llevar a cabo la represión y la sublimación de los componentes sexuales sin inhibiciones y producción de sustitutivos. La conducta de nuestro paciente en cuanto al onanismo había sido harto singular. No desarrolló onanismo ninguno en su pubertad y, por tanto, según determinadas esperanzas, hubiera tenido un derecho a permanecer exento de toda neurosis. En cambio, el impulso a la actividad onanista apareció en él a los veintiún años, poco tiempo después de la muerte de su padre. Después de cada satisfacción sexual de este género se sentía altamente avergonzado y tardó poco en suprimirla por completo. A partir de este momento el onanismo sólo volvió a surgir en él en raras y harto singulares ocasiones.El mismo sujeto extrañaba que precisamente en aquellos momentos felices y elevados de su vida se sintiera impulsado a masturbarse. Mas por mi parte hube de hallar en aquellos dos ejemplos un elemento común: la prohibición y el hecho de infringir un mandato. Por entonces se las arreglaba de manera que sus horas de estudio coincidieran con las últimas de la noche, y entre las doce y la una interrumpía su labor, abría la puerta que daba al pasillo, como si su padre se hallara esperando detrás de ella, y, una vez de nuevo en su cuarto, se ponía frente al espejo y contemplaba en él su pene desnudo. Apoyándome en estos detalles y en otros semejantes, aventuré la hipótesis de que, siendo niño, aproximadamente a los seis años, había cometido alguna falta sexual relacionada con el onanismo y había sido castigado violentamente por su padre. Este castigo habría puesto término, desde luego, al onanismo, mas, por otro lado, habría dejado en él un inextinguible rencor contra el padre y fijado para siempre ya su papel de perturbador del goce sexual. El paciente me relató en el acto tal suceso de sus primeros años infantiles que le había sido contado más tarde por su madre, no habiendo sucumbido al olvido por enlazarse a él detalles singularísimos. Siendo todavía muy pequeño -la coincidencia del suceso con la enfermedad a la que sucumbió una hermana suya algo mayor que él permitía fijar exactamente la fecha- debió de hacerse culpable de alguna falta por la que el padre le castigó severamente. El castigo habría hecho surgir en él un intenso acceso de cólera, y mientras su padre le azotaba se debatía desesperadamente, insultándole con furia. Pero como todavía no sabía palabra ninguna realmente insultante, le había lanzado como tales los nombres de todos los objetos que conocía, llamándole lámpara, toalla, plato, etc. El padre, asustado ante aquel violento acceso, dejó de pegarle. Por otra parte, durante toda su vida había tenido verdadero terror a los golpes, y cuando alguno de sus hermanos era en tal forma castigado, él se escondía siempre miedoso e indignado. El detalle de que por entonces tenía el sujeto entre tres y cuatro años y que se había hecho acreedor al castigo por haber mordido a alguien. La madre no recordaba más detalles, y aunque no se atrevía a asegurarlo, creía que la persona mordida por el niño había sido la niñera encargada de su custodia. Trasladando a la nota la discusión de esta escena infantil, haremos constar que su emergencia conmovió en un principio la negativa del paciente a aceptar la existencia de una hostilidad infantilmente adquirida y latente después contra el padre tan amado. Para llegar a la convicción de que su actitud con respecto al padre exigía aquel complemento inconsciente, tuvo que recorrer el doloroso camino de la transferencia. No tardó en llegar a injuriarme groseramente e injuriar a todos los míos en sus sueños, fantasías diurnas y ocurrencias, en tanto que intencionadamente nunca me manifestaba sino el mayor respeto. En estas ocasiones solía levantarse del diván y andar de un lado a otro por el cuarto, conducta que al principio motivó con fina sensibilidad, manifestando que le era imposible seguir cómodamente tendido mientras decía aquellas enormidades Que se levantaba para alejarse de mí, temeroso de que le golpeara. Cuando permanecía sentado se conducía como alguien que trata de eludir, poseído de verdadero pánico, una violenta corrección; se llevaba las manos a la cabeza, se tapaba la cara con los brazos, se echaba hacia atrás con el rostro dolorosamente contraído, etc. Recordaba que su padre era fácilmente irritable y que en su violencia no sabía a veces hasta dónde podía llegar. Como ya hube de anunciar, la exposición de este material ha de ser extremadamente abreviada y sintética. El primer enigma que se nos planteaba era el de por qué las dos intervenciones del capitán, el relato del tormento de las ratas y la invitación a devolver el dinero al teniente A, habían producido tan intensa excitación al sujeto y provocado en él reacciones patológicas tan violentas. Era de suponer que nos hallábamos aquí ante un caso de sensibilidad de complejo y que tales relatos habían herido puntos hiperestésicos de su inconsciente. Como siempre que entraba en contacto con la vida militar, el sujeto se hallaba en plena identificación inconsciente con su padre, el cual había servido en el Ejército varios años y solía relatar muchas anécdotas de aquella época. Nuestro paciente no sabía a punto fijo si llegó a efectuar la restitución deseada. Observamos ahora de repente que su singular indecisión de si debía encaminarse hacia Viena o volver a la localidad donde se hallaba la oficina de Correos y sus constantes tentativas de apearse del tren y tomar otro en dirección contraria no son tan disparatadas como al principio nos parecieron. Para su pensamiento consciente, la atracción de la localidad en la que se halla la oficina de Correos aparecía motivada por la necesidad de cumplir allí, con ayuda del teniente A., su juramento. En realidad, lo que le atraía a dicho lugar era la empleada postal, de la cual el teniente A. era tan sólo un fácil sustituto, ya que se había alojado en la misma localidad y se había ocupado personalmente del servicio postal militar. En la aclaración de los efectos producidos por el relato que el capitán le hizo del tormento de las ratas habremos de seguir más de cerca el curso del análisis. Surgió primeramente una extraordinaria cantidad de material asociativo, sin que de momento se hiciera más transparente la situación del producto obsesivo. El tormento de las ratas despertó ante todo el erotismo anal que había desempeñado un importante papel en la infancia del sujeto, habiendo sido mantenido a través de años enteros por el prurito causado por las lombrices. Las ratas adquirieron así la significación de dinero, relación que se mostró en la asociación Raten (plazos) a Ratten (ratas). Esto es, todas las ideas pertenecientes a tal complejo fueron incorporadas a la obsesión con ayuda de la asociación «ratas-plazos» y sometidas a lo inconsciente. Esta significación crematística de las ratas se apoyaba, además, en la invitación del capitán a devolver el importe del envío postal con ayuda de la asociación Spielratte, partiendo de la cual hallamos el acceso a la falta juvenil del padre. La rata le era conocida, además, como portadora de peligrosas infecciones y podía ser, por tanto, utilizada como símbolo del miedo, tan justificado durante el servicio militar, a la infección sifilítica, detrás del cual se escondían toda clase de dudas sobre la conducta del padre durante su vida en el Ejército. En otro sentido, el mismo pene era también portador de la infección sifilítica, y de este modo la rata se convertía en órgano genital, significación a la que todavía podía aspirar por otra distinta circunstancia. El pene, y especialmente el de un niño pequeño, puede ser descrito como un gusano, y en el relato del capitán las ratas pasaban por el ano como en los años infantiles del sujeto sus parásitos intestinales. De este modo, la significación peneana de las ratas reposaba de nuevo en el erotismo anal. La rata es, además, un animal repugnante que se alimenta de excrementos y vive en las alcantarillas por las que corren los detritus. El hecho de que el relato del tormento de las ratas hubo de despertar en nuestro paciente todos los impulsos egoístas y sádicos prematuramente reprimidos queda testimoniado por su propio relato y por su mímica al desarrollarlo. Al investigar la génesis de esta nueva significación tropezamos en el acto con las raíces más antiguas e importantes. En una visita a la tumba de su padre había visto cruzar rápidamente por encima de ella un animal al que creyó una rata. En el acto supuso que salía de la tumba de su padre y acababa de saciar su hambre en el cadáver. Muchas veces había sentido compasión de aquellas pobres ratas. Pero él mismo había sido un animalito sucio y repugnante que mordía a los demás en sus accesos de furor y era violentamente castigado por ello. Hallaba así realmente su pareja en la rata. Así, pues, las ratas eran niños, según sus primeras y más importantes experiencias. Y en este punto comunicó algo que había mantenido alejado durante mucho tiempo del contexto, pero que ahora aclaró por completo el interés que debían de inspirarle los niños. La mujer a la que durante tantos años amaba sin poder decidirse a casarse con ella había sufrido la extirpación de ambos ovarios y estaba condenada, en consecuencia, a la esterilidad. Tal era realmente la causa de su indecisión, pues le gustaban extraordinariamente los niños. Sólo entonces se nos hizo posible desentrañar el proceso impenetrable de la formación de su idea obsesiva. Con ayuda de las teorías sexuales infantiles y del simbolismo que ya nos es conocido desde la interpretación de los sueños logramos traducirlo todo con pleno sentido. La idea incidentalmente surgida de que tal cosa pudiera suceder a la persona de su afecto habría de traducirse por el siguiente impulso optativo: «A ti es a quien debía sucederte algo semejante», impulso orientado contra el capitán, pero detrás de él ya contra su padre. Pero surgiendo del complejo paterno estimulado entre tanto y del recuerdo de la repetida escena infantil, la respuesta que se formó fue la siguiente: «Sí; devolveré al teniente A. el dinero cuando mi padre o mi novia tengan hijos.» O esta otra: «Tan cierto es que le devolveré el dinero como que mi padre y mi novia pueden tener hijos.» Esto es una afirmación burlona enlazada a una condición absurda e irrealizable. Pero de este modo había cometido ya el crimen de burlarse de las dos personas que le eran más queridas: su padre y su amada; tal crimen exigía un castigo, y éste consistió en imponerse un juramento imposible de cumplir y que obedecía estrictamente a la invitación errónea de su superior: «Ahora tienes realmente que devolver al teniente A. el dinero.» Poseído por una obediencia convulsiva, reprimió su perfecto conocimiento de que el capitán fundaba su invitación en una premisa errónea: «Sí; tienes que devolver al teniente A. el dinero, como te lo ha mandado la persona que representa a tu padre. El sujeto se hallaba libidinosamente predispuesto por su larga abstinencia y por la amable acogida que siempre dispensan las mujeres a los jóvenes oficiales; además, al salir de maniobras se hallaba un tanto disgustado con su amada. Tal intensificación de la libido le inclinó a reanudar su antigua pugna contra la autoridad de su padre y llegó incluso a pensar en la satisfacción sexual con otras mujeres. Las dudas en cuanto a las cualidades de su padre y la indecisión en cuanto al valor de la mujer amada quedaron también intensificadas. En tal estado de ánimo se dejó arrastrar a injuriar a ambos, y luego se castigó por ello. Una palabra todavía sobre la interpretación del contenido de la sanción: «Si no, sufrirán los dos el tormento de las ratas.» Tal sanción reposa en dos teorías sexuales infantiles, de las que ya hemos hablado en otro lugar. La primera de estas teorías es la de que los niños son paridos por el ano, y la segunda deduce, lógicamente, de tal posibilidad que los hombres pueden tener también niños como las mujeres. No es posible esperar, para tan graves ideas obsesivas, soluciones más sencillas, ni tampoco lograrlas por medios distintos. Con la solución que el análisis nos procuró quedó desvanecido el delirio de las ratas. Parte teórica. En el año 1896 definimos las representaciones obsesivas como «reproches transformados que retornaban de la represión y se referían siempre a un acto sexual ejecutado con placer en los años infantiles» Es realmente más correcto hablar de un «pensamiento obsesivo» y hacer resaltar que los productos obsesivos pueden equivaler a muy diversos actos psíquicos, pudiendo ser determinados como deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones. En una de las primeras sesiones del tratamiento nos ofreció nuestro paciente un ejemplo de tal elaboración de un deseo encaminado a rebajarlo a la calidad de mera «asociación mental». No son reflexiones puramente razonables que el sujeto opone a sus ideas obsesivas, sino algo como productos mixtos de ambas formas del pensamiento. A mi juicio, tales productos merecen el nombre de «delirios». un ejemplo que los lectores deberán interpolar en el lugar correspondiente del historial clínico aclarará por completo tal diferenciación. Cuando nuestro paciente desarrolló durante toda una temporada los insensatos manejos que en su lugar describimos prolongando el estudio hasta altas horas de la noche, abriendo la puerta de su cuarto al dar las doce para facilitar la entrada al espíritu de su padre, situándose luego ante el espejo y contemplando en él sus genitales, intentó apartar de sí aquella obsesión, pensando en lo que diría su padre si realmente se hallase aún en vida. Pero este argumento no tuvo eficacia ninguna mientras fue expuesto en esta forma razonable. La obsesión cesó tan sólo cuando el sujeto integró la misma idea en la forma de una amenaza delirante, diciéndose que, si prolongaba tales insensateces, le sucedería a su padre algo malo en el más allá. El valor de la diferenciación -justificada, desde luego- entre defensa primaria y secundaria queda, sin embargo, inesperadamente disminuido por el descubrimiento de que los enfermos no conocen el texto verbal de sus propias representaciones obsesivas. Esta afirmación parece paradójica, pero tiene pleno sentido.Por dos caminos especiales podemos llegar, además, a un conocimiento más preciso de los productos obsesivos. En primer lugar, nos percatamos de que los sueños pueden ofrecernos el texto auténtico del producto obsesivo, el cual sólo mutilado y deformado, como en un telegrama mal redactado, se nos ha dado a conocer en la vida despierta. Tales textos aparecen en el sueño como manifestaciones orales, contra la regla general de que las palabras contenidas en los sueños proceden siempre de las pronunciadas u oídas por el sujeto durante el día. En segundo lugar, la investigación analítica de un historial patológico nos lleva a la convicción de que, frecuentemente, varias ideas obsesivas sucesivas, pero de texto literal diferente, son, en el fondo, una sola y la misma. La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una primera vez y retorna luego deformada, no siendo ya reconocida y pudiendo ofrecer así mayor resistencia a la defensa Cuando, al cabo de penosa labor, conseguimos aclarar una idea obsesiva incomprensible no, es raro oír decir al enfermo que antes de la emergencia de la idea obsesiva propiamente dicha surgió en él una ocurrencia, una tentación o un deseo, pero que desaparecieron en seguida de su imaginación. Su deformación la hace viable, pues el pensamiento consciente se ve obligado a interpretarla erróneamente en forma análoga a cómo interpreta el contenido manifiesto del sueño, el cual constituye el producto de una transacción y una deformación y queda interpretado erróneamente por el pensamiento despierto. Tal interpretación errónea por parte del pensamiento consciente puede comprobarse no sólo en las ideas obsesivas mismas, sino también en los productos de la defensa secundaria. Nuestro paciente usaba como fórmula defensiva la palabra áber (pero), rápidamente pronunciada y acompañada de un ademán de repulsa, y en una de las sesiones del tratamiento manifestó luego que dicha fórmula había sufrido en los últimos tiempos una variación, pues no decía ya áber, sino abér. Interrogado por mí sobre el motivo de aquella transformación, indicó que la e átona de la segunda sílaba no le ofrecía la menor garantía contra la temida aparición de algo ajeno y contradictorio, razón por la cual había decidido acentuarla. Esta explicación, correspondiente en un todo al estilo de la neurosis obsesiva, se demostró, sin embargo, inexacta constituyendo, cuando más, una racionalización. Una vez sentado que las ideas obsesivas han experimentado una deformación, lo mismo que las ideas oníricas antes de pasar a ser el contenido del sueño, habrá de interesarnos averiguar la técnica de tal deformación, y nada se opondría a que expusiéramos aquí los distintos medios de la misma en una serie de ideas obsesivas traducidas e interpretadas.No todas las ideas obsesivas de nuestro paciente eran tan complicadas y tan difíciles de interpretar como la del tormento de las ratas. En otras se había empleado una técnica muy sencilla, la de la deformación por omisión -la elipsis-, que tan excelente ayuda presta en la producción de los chistes y que también aquí cumplió su deber como medio defensivo contra la comprensión. La elipsis, como técnica deformante, parece ser típica de la neurosis obsesiva, y por mi parte la he hallado también en las ideas obsesivas de otros pacientes. La neurosis obsesiva surge ocasionalmente en la conciencia, y en forma pura y no deformada, los procesos anímicos inconscientes, que tal interrupción puede tener su punto de partida en los más distintos estadios del proceso mental inconsciente y que las representaciones obsesivas pueden ser reconocidas casi todas, en el momento de la irrupción, como productos existentes desde mucho tiempo atrás. De aquí el singular fenómeno de que al investigar la primera emergencia de una idea obsesiva en un sujeto neurótico se vea el mismo obligado a desplazarla cada vez más atrás en el curso del análisis, hallando siempre de nuevo primeras motivaciones de la misma. Me propongo estudiar aquí algunos caracteres anímicos de los enfermos de neurosis obsesiva. Tales caracteres mostraban intenso relieve en mi paciente, pero sé muy bien que no deben ser atribuidos a su individualidad, sino a su padecimiento, y que son peculiares de un modo totalmente típico a otros neuróticos obsesivos. Nuestro paciente se mostraba supersticioso en alto grado, aunque era un hombre de aguda inteligencia y amplia cultura y afirmaba a veces no hacer el menor caso de semejantes tonterías. Oscilaba, pues, entre tales dos convicciones, y su decisión dependía enabsoluto de su actitud del momento ante su neurosis. En cuanto llegaba a dominar una obsesión se burlaba de su credulidad, y nada le sucedía que pudiera preocuparle supersticiosamente; pero en cuanto volvía a hallarse bajo el dominio de una obsesión no solucionada aún -o lo que es lo mismo, de una resistencia comenzaba a ocurrirle todaclase de singulares accidentes casuales que apoyaban su convicción supersticiosa. Reconocía también que la inmensa mayoría de los presagios se referían a cosas carentes de importancia para su persona, y que cuando encontraba a algún conocido en el que sólo momentos antes había pensado, después de un largo olvido, tal encuentro no tenía luego consecuencia ninguna singular y confesaba que todo lo importante de su vida había ocurrido sin que presagio alguno lo anunciara; por ejemplo, la muerte de su padre. Pero todos estos argumentos no modificaban en nada la discordia de sus convicciones y demostraban tan sólo el carácter obsesivo de su superstición, deducible ya de sus oscilaciones de sentido idéntico a las de la resistencia.En cuanto a las sucedidas durante el curso del tratamiento, pude demostrarle que él mismo colaboraba en la fabricación de tales milagros y logré hacerle ver los medios que en tal labor utilizaba. Tales medios eran la visión y la lectura indirectas, el olvido y, ante todo, los errores mnémicos. Es indudable que el sujeto sentía la necesidad de hallar en sus vivencias tales puntos de apoyo de su superstición, y que por tal motivo observaba tan atentamente las corrientes casualidades inexplicables de la vida cotidiana, y cuando aquéllas no bastaban, ayudaba al azar con su actividad inconsciente. En muchos otros neuróticos obsesivos he vuelto a hallar tal necesidad y sospecho su existencia en casi todos. En esta perturbación la represión no se produce por medio de la amnesia, sino de la destrucción de las relaciones causales mediante la supresión de los afectos. Estas relaciones reprimidas parecen conservar una cierta energía admonitoria - a la que en otro lugar hemos comparado a una percepción endopsíquica pudiendo así ser incorporadas al mundo exterior, o sea proyectadas en él como testimonio de lo psíquico reprimido. Otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos adentra muy profundamente en la investigaciónde los instintos, es la necesidad de la inseguridad o de la duda. La creación de la inseguridad es uno de los métodos que la neurosis emplea para extraer al enfermo de la realidad y aislarle del mundo, tendencia integrada en toda perturbación psiconeurótica Nuestro paciente mostraba especial destreza en eludir todas aquellas informaciones que pudieran llevarle a una solución de su conflicto. Así, desconocía en absoluto las circunstancias más importantes de la vida de su amada y pretendía ignorar el nombre del médico que la había operado y si la operación se había limitado a un solo ovario o había comprendido ambos. La predilección que los neuróticos obsesivos muestran por la inseguridad y la duda constituye para ellos un motivo para adherir preferentemente sus pensamientos a aquellos temas en los que la inseguridad es generalmente humana y en los que nuestros conocimientos o nuestro juicio permanecen necesariamente expuestos a la duda. La neurosis obsesiva utiliza ampliamente tal inseguridad de la memoria para la producción de síntomas. Como otros neuróticos obsesivos, a exagerar el efecto de sus sentimientos hostiles sobre el mundo exterior es porque gran parte del efecto psíquico interno de los mismos escapa a su conocimiento consciente. Su amor -o más biensu odio- es realmente poderoso, pues crea precisamente aquellas ideas obsesivas cuya procedencia no comprende el sujeto y contra las cuales se defiende en vano. Nuestro paciente mostraba una relación peculiarísima con el tema de la muerte.La muerte de una hermana mayor, acaecida entre sus tres y cuatro años, desempeñó en sus fantasías papel importantísimo y se halla íntimamente relacionada con sus maldades infantiles de aquellos años La singular extensión de sus temores obsesivos al más allá no es sino una compensación de aquellos deseos de muerte contra su padre. Emergió cuando la tristeza causada por la muerte de su padre quedó renovada año y medio después y tendía, en contra de la realidad y el deseo que se había exteriorizado antes en toda clase de fantasías, a negar y anular la muerte de su padre. La expresión «en el más allá» aparece traducida frecuentemente por el mismo sujeto en las palabras «si mi padre viviera». Sus pensamientos se ocupan incesantemente con la duración de la vida y la posible muerte de otras personas, y sus tendencias supersticiosas no tuvieron en un principio otro contenido ni tienen quizá, en general, otra procedencia. Pero, ante todo, precisan la posibilidad de la muerte para resolver los conflictos que ellos dejan involucionados De este modo, en todo conflicto vital acechaba la muerte de una persona importante, y casi siempre querida por ellos, sea de su padre o su madre, de un rival o de alguno de los objetos amorosos entre los que oscila su inclinación. El sujeto enfermó a los veinte años, al ser situado ante la tentación de casarse con una mujer distinta de aquella a la que venía amando desde tanto tiempo atrás, y esquivó la resolución de tal conflicto retrasando en cuanto de él dependía el cumplimiento de las condiciones previas a su emergencia, para lo cual le proporcionó los medios la neurosis. La vacilación entre la mujer amada y la otra puede ser reducida al conflicto entre la influencia del padre y la fidelidad de su amada; esto es, a la elección entre el padre y el objeto sexual, tal y como, según sus recuerdos y sus asociaciones obsesivas se había desarrollado ya en su temprana infancia. El odio contra su amada hubo de sumarse a su adhesión al padre, e inversamente. El primero de ambos conflictos corresponde a la vacilación normal entre el hombre y la mujer como objetos de la elección amorosa, vacilación que es provocada en el niño por vez primera con la famosa pregunta habitual: «¿A quién quieres más: a papá o a mamá?», y que luego le acompaña a través de toda la vida, a pesar de todas las diferencias individuales en cuanto a la intensidad de los sentimientos y la fijación de los fines sexuales definitivos. El otro conflicto es, el que se desarrolla entre el amor y el odio. Sabemos que un principio de enamoramiento es percibido muchas veces como odio, y que el amor que encuentra negada la satisfacción se torna fácilmente en odio, y los poetas nos aseguran que en estadios tempestuosos del enamoramiento pueden subsistir yuxtapuestos, como en una competición, ambos sentimientos contradictorios. El amor no ha podido extinguir el odio, sino tan sólo rechazarlo a lo inconsciente, instancia psíquica en la cual se encuentra a salvo de la acción de la conciencia y puede subsistir sin mengua alguna e incluso crecer La revisión de una serie de análisis de neuróticos obsesivos nos da la impresión de que esta relación dada en nuestro paciente entre el amor y el odio constituye uno de los caracteres más frecuentes y manifiestos de la neurosis obsesiva y, en consecuencia, uno de los más importantes. Pero cualquiera que sea la forma en que haya de interpretarse esta singular relación del odio y el amor, su existencia queda indudablemente demostrada por el análisis de nuestro paciente, y es muy satisfactorio ver cuán comprensibles se nos hacen los enigmáticos procesos de las neurosis obsesivas en cuanto los referimos a semejante factor. Si contra un amor intenso se alza un odio casi tan intenso como él, la consecuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad de adoptar resolución alguna en cuanto a todos aquellos actos cuyo móvil haya de ser el amor. La conducta sexual entraña un poder prototípico con el que actúa sobre las demás reacciones del hombre, modificándolas, y, por último, el carácter psicológico de la neurosis obsesiva tiende típicamente a hacer el mayor uso posible del mecanismo de desplazamiento. Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión y de la duda, tal y como se nos muestra en la vida anímica de los neuróticos obsesivos. Duda, en realidad, de su propio amor, que debía ser para él, subjetivamente, lo más seguro, y esta duda se difunde sobre todo lo demás, desplazándose preferentemente sobre lo más nimio e indiferente. Aquel que duda de su amor tiene que dudar de todo lo demás, menos importante. Es ésta la misma duda que en las medidas de protección provoca la inseguridad del sujeto y los obliga a repetirlas una y otra vez para desvanecerla, consiguiendo al fin que tales actos de defensa resulten tan irrealizables como la resolución amorosa primitivamente inhibida. Cuando el neurótico obsesivo llega luego a darse cuenta de la inseguridad de la memoria, consigue extender generalmente, con su auxilio, la duda, incluso a los actos ya realizados, que carecieron de toda relación con el complejo del amor y el odio, y a todo su pasado. La tensión que surge cuando el mandamiento obsesivo no debe ser ejecutado es intolerable, y el sujeto la percibe en forma de angustia intensísima. El pensamiento reemplaza a la acción, y en cualquier estadio previo mental de la misma se impone, con poder obsesivo, en lugar del acto sustitutivo. Según que esta regresión del acto al pensamiento sea más o menos marcada, el caso de neurosis obsesiva toma el carácter de pensamiento obsesivo (representación obsesiva) o de acción obsesiva en sentido estricto. Los actos obsesivos se aproximan, en efecto, cada vez más, y con mayor precisión, cuanto más se prolonga la enfermedad, a los actos sexuales infantiles semejantes al onanismo. El sujeto llega así a realizar, en esta forma de la neurosis, actos amorosos; pero sólo con la ayuda de una nueva regresión, y no ya orientados hacia una persona, hacia el objeto del amor y el odio, sino actos auto eróticos, como en la infancia. Se hacen obsesivos aquellos procesos mentales que, a consecuencia de la inhibición antitética en el extremo motor de los sistemas mentales, son emprendidos con un desarrollo cualitativo y cuantitativo de energía destinado tan sólo, habitualmente, a la acción; esto es, aquellos pensamientos que han de representar, regresivamente, actos. No creo que haya de tropezar con graves contradicciones la hipótesis de que habitualmente, y por razones económicas, el pensamiento es impulsado por medio de desplazamientos de energía más pequeños que los consagrados a los actos destinados a la derivación y a la modificación del mundo exterior. Aquello que irrumpe con energía sobrada en la conciencia como idea obsesiva ha, de quedar luego garantizado contra la acción destructora del pensamiento consciente. Nuestro paciente demostró ser también un 'renifleur' (olfativo). Según sus propias manifestaciones, durante su infancia conocía a las personas por el olor, como un perro, y las percepciones olfativas tenían todavía actualmente para él mayor significación que para los demás. El paciente se hallaba como disociado en tres personalidades, una inconsciente y dos preconscientes, entre las cuales podía oscilar su conciencia. Su inconsciente integraba los impulsos violentos y perversos tempranamente reprimidos. En su estado normal era un hombre bondadoso, alegre, reflexivo, inteligente y despejado; pero en una tercera organización psíquica rendía culto a la superstición y a la ascesis, de manera que podía entrañar dos convicciones y dos concepciones del universo. Esta personalidad preconsciente entrañaba, sobre todo, los productos de la reacción a sus deseos reprimidos y no era difícil prever que, de haberse prolongado la enfermedad, hubiera acabado por devorar a la personalidad normal.
Problema
Un hombre joven, de formación universitaria, manifestando padecer representaciones obsesivas ya desde su infancia, pero con particular intensidad desde cuatro años atrás. El contenido principal de su dolencia era el temor de que les sucediera algo a las dos personas a las que más quería: su madre y la dama de sus pensamientos. Sentía, además, impulsos obsesivos, tales como el de cortarse el cuello con una navaja de afeitar, y se imponía prohibiciones que se extendían también a cosas triviales e indiferentes.
Hechos relevantes
En general, su vida sexual había sido muy limitada. Había desempeñado en ella muy escaso papel, y sólo a los dieciséis o los diecisiete años. Y hasta los veintiséis años no había conocido mujer. Tiene un amigo al que estima mucho. Siempre que se ve atormentado por un impulso criminal, acude a él y le pregunta si le desprecia considerándole como un delincuente. «Mi sexualidad fue muy precoz. Recuerdo una escena que hubo de desarrollarse teniendo yo de cuatro a cinco años -a partir de los seis poseo ya un claro y preciso recuerdo de mi vida-, y que surgió en mi memoria años después. seis años. Teníamos entonces otra institutriz, también joven y bonita, que sufría de abscesos en las nalgas y se los curaba al acostarse, momento que yo esperaba con impaciencia para saciar mi curiosidad. siete años. Cuando estaba acostada, me llegaba a su cama y la destapaba y la tocaba sin que protestase. A los seis años tenía ya frecuentes erecciones, y recuerdo haberme quejado alguna vez a mi madre de las molestias que me causaban, aunque no sin cierto temor, pues sospechaba la relación de aquel fenómeno con mis imaginaciones y mi curiosidad y andaba preocupado con la idea morbosa de que mis padres conocían mis íntimos pensamientos por haberlos revelado yo mismo en voz alta sin darme cuenta de ello. Veo aquí el comienzo de mi enfermedad. «La idea de la muerte de mi padre me preocupó desde muy temprana edad y durante mucho tiempo, causándome gran tristeza.» «Si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá.» «Comenzaré hoy con el suceso que me decidió a acudir a su consulta. Era en agosto, y me encontraba en X, cumpliendo el período anual de servicio militar como reservista. Venía sintiéndome muy deprimido, y me atormentaba con toda clase de ideas obsesivas, las cuales fueron desapareciendo luego durante las maniobras. Me interesaba demostrar a los oficiales que no sólo era uno un hombre de estudio, sino también un buen soldado capaz de resistir las fatigas de la vida militar. Un día hicimos una marcha no muy prolongada partiendo de X. En un descanso perdí mis lentes, y aunque no me hubiera sido fácil encontrarlos buscándolos con algún detenimiento, renuncié a ello, no queriendo dilatar la partida, y telegrafié a mi óptico de Viena para que me enviase otros. Durante el mismo descanso había estado sentado entre dos oficiales, uno de los cuales, un capitán de apellido checo, había de adquirir gran importancia para mí. Este individuo me inspiraba cierto temor, pues se mostraba manifiestamente inclinado a la crueldad. No quiero afirmar que fuese un malvado, pero en sus conversaciones se había mostrado repetidamente partidario de los castigos corporales, habiendo yo combatido varias veces su opinión con acaloramiento. En este descanso volvimos a entablar conversación y el capitán contó haber leído que en Oriente se aplicaba un castigo singularmente espantoso.» El sujeto se reprochó no haber estado al lado de su padre en el momento de la muerte, y más duramente aun cuando la enfermera le dijo que antes había pronunciado el enfermo su nombre, y al acercarse ella le había preguntado: «¿Eres Pablo?». A los doce años se había enamorado de una niña, hermana de un amigo (enamoramiento no sexual, pues no deseaba verla desnuda, quizá porque era demasiado pequeña), pero que nos mostraba tan cariñosa con él como él hubiera deseado. Entonces se le ocurrió la idea de que, si la sucediera una desgracia, la niña le trataría con mayor ternura, y, como tal desgracia, surgió inmediatamente en su imaginación la muerte de su padre. El infantil sujeto rechazó en el acto con toda energía tal idea, y todavía actualmente se defiende contra la posibilidad de haber concebido semejante deseo, aduciendo que, en todo caso, se habría tratado de una mera asociación mental. Sus impulsos sensuales habían sido, en general, mucho más intensos durante su infancia que en la época de la pubertad. La fuente de la cual extraía la hostilidad contra el padre su indestructibilidad se hallaba relacionada evidentemente, con deseos sensuales, para cuya satisfacción habría él de haber visto en algún modo en su padre un estorbo. Nuestro sujeto perdió unas cuantas semanas de estudio por causa de la ausencia de la señora de sus pensamientos, que había salido de viaje para cuidar a su abuela enferma. Hallándose celosamente consagrado al estudio se le ocurrió de pronto: «No es difícil cumplir el mandato de presentarse bien preparado a los próximos exámenes. Pero ¿qué sucedería si se te impusiera la decisión de cortarte el cuello con la navaja de afeitar?» En el acto advirtió que aquella decisión se le acababa de imponer efectivamente; fue a su armario para coger la navaja, pero entonces pensó: «No, no es tan sencillo Tienes que asesinar primero a la vieja esa que te ha separado de tu amada.» Aterrado ante tan criminales estímulos, le flaquearon las piernas y cayó redondo al suelo. » Algo análogo, pero mucho más intenso, fue lo que apareció en nuestro paciente: un acceso inconsciente de cólera, que, junto con la nostalgia de la mujer amada, halló su expresión en la exclamación siguiente: «¡Quisiera ir allí y asesinar a esa vieja, que me priva de la vista de la mujer a quien quiero!» Inmediatamente sigue el mandato punitivo: «Mátate tú para castigarte de tales impulsos coléricos y asesinos»; y todo el proceso penetra entonces con violentísimo afecto y en sucesión inversa. Detrás de esta manía de adelgazar apareció también una vez, sin velo alguno, el propósito suicida, cuando hallándose al borde de un precipicio se le impuso el mandamiento de arrojarse a su fondo. Los impulsos homicidas de nuestro paciente se dirigieron entonces hacia este Dick, del cual estaba mucho más celoso de lo que él mismo se confesaba, y tal fue la razón de que se impusiera como autocastigo la cura de adelgazamiento. Durante una tormenta, se le impuso la obsesión de llegar a contar hasta 40o 50entre el relámpago y el trueno, sin saber en absoluto por qué había de hacerlo. El día en que su amada se marchó, el sujeto tropezó en una piedra de la calle y tuvo que apartarla a un lado porque se le ocurrió que, al cabo de pocas horas, pasaría por allí el coche de su amada y podía tropezar y volcar en aquellas piedras. Pero minutos después pensó que todo aquello era un disparate, y tuvo que volver y colocar de nuevo la piedra en el lugar que antes ocupaba en medio de la calle. Después de la partida de su amada se apoderó de él una obsesión de comprensión, que le hizo insoportable a los suyos, pues se obligaba a comprender exactamente cada una de las sílabas pronunciadas por los que a él se dirigían, como si de otro modo se le escapara un gran tesoro. En consecuencia; preguntaba y una y otra vez: «¿Qué has dicho?» Y cuando se lo repetían pretendía que la primera vez habían dicho otra cosa y permanecía insatisfecho. En la época en que volvió a sentirse religioso se impuso la obligación de rezar, y el tiempo que a ello dedicaba fue siendo cada vez más largo, prolongándose hasta hora y media, pues siempre se introducía en sus plegarias algo que las convertía en lo contrario. Si, por ejemplo, decía: «Dios le proteja», el espíritu maligno le añadía en el acto un 'no'. La señora de sus pensamientos había rechazado, diez años antes, su primera declaración amorosa, y a partir de aquella fecha el sujeto vivía, alternativamente, períodos en los que creía amarla intensamente y otros en los que le inspiraba una absoluta indiferencia. Confesaba que en ciertas ocasiones sentía claros impulsos de causar algún mal a su adorada. Años después de la muerte del padre, y cuando el hijo conoció por vez primera el placer del coito, surgió en él la idea de que aquel goce era algo tan extraordinario, que merecía la pena de asesinar a su padre para conseguirlo. No desarrolló onanismo ninguno en su pubertad y, por tanto, según determinadas esperanzas, hubiera tenido un derecho a permanecer exento de toda neurosis. En cambio, el impulso a la actividad onanista apareció en él a los veintiún años, poco tiempo después de la muerte de su padre. Después de cada satisfacción sexual de este género se sentía altamente avergonzado y tardó poco en suprimirla por completo El mismo sujeto extrañaba que precisamente en aquellos momentos felices y elevados de su vida se sintiera impulsado a masturbarse. Por entonces se las arreglaba de manera que sus horas de estudio coincidieran con las últimas de la noche, y entre las doce y la una interrumpía su labor, abría la puerta que daba al pasillo, como si su padre se hallara esperando detrás de ella, y, una vez de nuevo en su cuarto, se ponía frente al espejo y contemplaba en él su pene desnudo. Apoyándome en estos detalles y en otros semejantes, aventuré la hipótesis de que, siendo niño, aproximadamente a los seis años, había cometido alguna falta sexual relacionada con el onanismo y había sido castigado violentamente por su padre. Este castigo habría puesto término, desde luego, al onanismo, mas, por otro lado, habría dejado en él un inextinguible rencor contra el padre y fijado para siempre ya su papel de perturbador del goce sexual. El paciente me relató en el acto tal suceso de sus primeros años infantiles que le había sido contado más tarde por su madre, no habiendo sucumbido al olvido por enlazarse a él detalles singularísimos. El sujeto entre tres y cuatro años y que se había hecho acreedor al castigo por haber mordido a alguien. El primer enigma que se nos planteaba era el de por qué las dos intervenciones del capitán, el relato del tormento de las ratas y la invitación a devolver el dinero al teniente A, habían producido tan intensa excitación al sujeto y provocado en él reacciones patológicas tan violentas. El tormento de las ratas despertó ante todo el erotismo anal que había desempeñado un importante papel en la infancia del sujeto, habiendo sido mantenido a través de años enteros por el prurito causado por las lombrices. Las ratas eran niños, según sus primeras y más importantes experiencias. La muerte de una hermana mayor, acaecida entre sus tres y cuatro años, desempeñó en sus fantasías papel importantísimo y se halla íntimamente relacionada con sus maldades infantiles de aquellos años El odio contra su amada hubo de sumarse a su adhesión al padre, e inversamente. Según sus propias manifestaciones, durante su infancia conocía a las personas por el olor, como un perro, y las percepciones olfativas tenían todavía actualmente para él mayor significación que para los demás. Preguntas
1. ¿Qué necesidades neuróticas tiene según Karen Horney?
Agresiva o expansiva En este caso predomina la hostilidad en la relación con los padres. Según Horney, los neuróticos expansivos expresan su sentido de la identidad dominando y explotando a los otros. Suelen ser personas egoístas, distantes y ambiciosas que buscan ser conocidas, admiradas y, en ocasiones, temidas por su entorno o por la sociedad en general.
2. ¿Qué formaciones obsesivas tiene según Alfred Adler?
La pulsión agresiva, la cual surge cuando se frustran otras pulsiones como la necesidad de comer, de satisfacer nuestras necesidades sexuales, de hacer cosas o de ser amados. Sería más apropiado el nombre de pulsión asertiva, dado que consideramos la agresión como física y negativa. La protesta masculina “inferioridad órgano” y sirve cualquiera para ello, el hombre la “sobrecompensa” con reacciones desordenadas que serían los síntomas neuróticos y psicóticos. Rechazaba el concepto de represión de la libido como origen de la neurosis.
3. ¿Qué mecanismos de defensa presenta el individuo según Anna Freud?
Desplazamiento Expiación Formación reactiva
4. ¿En qué momento se ve la teoría de los opuestos de Carl Jung?
Cada deseo inmediatamente sugiere su opuesto. Por ejemplo, si tengo un pensamiento positivo, no puedo dejar de tener el opuesto en algún lugar de mi mente. Lo podemos ver con los sentimientos que tenía hacia su padre, el miedo a que muriera.
5. ¿Según la teoría de las relaciones objétales de Melanie Klein, en qué momento se observa?
» Algo análogo, pero mucho más intenso, fue lo que apareció en nuestro paciente: un acceso inconsciente de cólera, que, junto con la nostalgia de la mujer amada, halló su expresión en la exclamación siguiente: «¡Quisiera ir allí y asesinar a esa vieja, que me priva de la vista de la mujer a quien quiero!» Inmediatamente sigue el mandato punitivo: «Mátate tú para castigarte de tales impulsos coléricos y asesinos»; y todo el proceso penetra entonces con violentísimo afecto y en sucesión inversa.
6. ¿Qué teoría de Freud se puede observar en el individuo?
Teoría psicoanalítica, ya que el analista empieza a asumir que el impulso ansiosamente reprimido está en busca de una oportunidad para ser activado y cuando esto sucede y triunfa, se envía al consciente un sustituto irreconocible y disfrazado de lo que se ha reprimido por lo tanto el trabajo del analista es desenmascarar los elementos significativos de la narración del paciente y revelar por qué estaban realmente en el desarrollo pasado del individuo.
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